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martes, 15 de septiembre de 2009

Desencuentros amorosos 2: Locas y Tontos


Desencuentros amorosos 2:
Locas y Tontos
Otra forma de aprehender el desencuentro amoroso tiene que ver con la relación de hombres y mujeres a la ley. J.A Miller hace una teoría del capricho para ilustrar la posición de las mujeres a la ley. La etimología de la palabra capricho viene de capra que en italiano es cabra; “capricho” alude al salto impredecible de las cabras –alguien que ha visto a uno de estos animales sabrá bien de que se trata – de ahí el término “más loca que una cabra”. Ahora podrán notar que esta última expresión está enunciada en femenino, por qué a las mujeres se les acusa de locas? Se tiene la impresión que las mujeres son las caprichosas que de pronto quieren algo y luego otra cosa “por que sí” o aludiendo a sus sentimientos, es decir a su condición particular. En general, esta actitud desespera a los hombres y por supuesto a los hijos con sus madres. Las mujeres se amparan en su voluntad como argumento, es decir en su condición singular, más que a lo universal de la ley, ésta última como convención social. Esto tiene que ver con la necesidad de las mujeres de todos los tiempos de ser únicas y especiales, cuestión descrita en el artículo “desencuentros amorosos I: la erótica del tiempo”. Por ejemplo, es común que una mujer tenga la fantasía de cambiar a un hombre que siempre ha actuado de una manera determinada – hay algunas que repiten una y otra vez relaciones con hombres que le resultan de algún modo problemáticos: infieles, pesados, obsesivos, aquellos que prefieren el alcohol o drogas que a su pareja, etc ; así , si logran cambiarlo confirman que son diferentes a todas las demás, (las mujeres generalmente no tienen una buena opinión de las mujeres, tienden a afirmar que ellas no son como el común de sus congéneres; quién sabe cuáles son las famosas OTRAS) .
Otro ejemplo, tiene que ver con exigir condiciones especiales en instituciones que han funcionado de determinada manera durante años, a veces siglos. De este modo, generalmente es desde lo femenino que se espera que no se cobre una cuenta, o que una secuencia de acciones o trámites deba hacerse de otro modo por que le parece que así debería, o saltarse la fila porque tiene muchos problemas y se siente acongojada o presionada, en fin. Esta condición, si bien es problemática con la ley, es muy afín a lo íntimo a la familia y a la pareja, cuestión que logran defender encarnizadamente. Ahora el hombre por su parte, apela a las buenas razones, a las convenciones de lo universal, le acomodan las instituciones y muchas veces las jerarquías. Al no tomar en cuenta las particularidades, las mujeres se quejan de que los hombres nunca entienden nada, de que no las escuchan. Cuestión, que aunque suene políticamente incorrecto, es cierto. El blanco y negro masculino, los lleva a ser en ese sentido algo tontos, otras dirán “cuadrados”, otras que quieren cambiarlos dirán de manera más posmoderna que “no escuchan sus sentimientos”. Los hombres no tienen como fin ser únicos y especiales, por eso logran crear lazos fraternales y menos intriga entre ellos; responden al “todos”, compiten es cierto pero, quieren ser parte de ese “todo”.
Evidentemente, la mujer puede tratar de sacar al hombre de sus buenas razones, llevarlo a la aventura, volverlo loco. El hombre podrá intentar convertir a su loca en una mujer razonable, sensata… gris.
Ahora, que pasa luego? Uds. juzguen

jueves, 13 de agosto de 2009

El desencuentro amoroso I: La erótica del tiempo


Llamamos desencuentro a aquello que provoca generalmente cierta decepción en la pareja bajo diversos nombres: se acaba la pasión, mi pareja no hace lo que yo quiero, no tenemos las mismas ideas, antes pensábamos igual y ahora somos tan diferentes, al cabo de un tiempo me doy cuenta que el otro no era como yo creía, que lo que yo creía era lo que yo quería y no era realmente lo que el otro era…en fin múltiples trabalenguas y enredos que generalmente llevan a la queja: cambiaste!
Es posible ver el desencuentro desde diversas perspectivas, una de ellas tiene que ver con la disparidad de los goces entre hombres y mujeres.
J.A Miller en su libro “La erótica del tiempo” alude a la relación sexual que cada sexo tiene al tiempo. Generalmente las mujeres exigen la intemporalidad del amor, exigen ser amadas para siempre, además exigen pruebas de ello; pruebas que por supuesto son imposibles de dar. Este punto va íntimamente ligado a la necesidad de las mujeres de ser únicas y especiales – cuestión de la que daré cuenta en otro artículo – de allí que necesitan que las amen por alguna razón especial, no por lo que los hombres querrían habitualmente a una mujer, insisto: las mujeres tienen ese necesidad imperiosa de ser diferentes y únicas. No es difícil escuchar ¡No quiero que me quieran por rica, sino que por lo que soy! Obviamente ese rica no se refiere al dinero, porque quizás incluso el dinero las podría hacer especiales.
Hay mujeres, sobretodo hoy en día, que legítimamente juegan el juego del hombre de no comprometerse, pero no pocas veces encontramos que aún en su posición progresista les duela la indiferencia del otro. Quizás porque el juego actual pudiera ser algo así: Yo mujer te tomo a ti hombre, así como tú lo has hecho históricamente con mi género, y te dejo sin comprometerme, pero… yo no seré indiferente para ti.
Por su parte los hombres hacen promesas de amor, que curiosamente para que sirvan y sostengan la relación, deben tener la condición de que tanto el hombre como la mujer sepan que es mentira. Ocurre que si efectivamente hay un exceso de certeza en que me querrán para siempre, aparece el aburrimiento y la fuga del deseo. Condición similar ocurre con el hecho de que un hombre haga sentir a la mujer que realmente es única, es decir que no hay ninguna otra posible; más bien la cosa va en la medida en que la mujer puede ser única pero con competencia, o sea ganarles a otras. De allí que sea tan común que los hombres engañen con mujeres que inconscientemente sus mujeres les indican. Esto también es material para otro capítulo sobre el desencuentro amoroso.
Volviendo al problema del tiempo y el desencuentro. Para el hombre el tiempo tiene medida: Acabó y se acabó. Su goce obedece a la medida fálica. Mientras que para la mujer la cosa no acaba ahí , quiere siempre algo más, palabra, que la llamen después de ir a dejarla a la casa, que el hombre se quede a dormir, etc. Entonces el ciclo del goce del hombre, es numérico e intermitente, se puede medir, cuánto dura el coito –por cierto, con todos los problemas y angustias que el tema de la duración les trae. No comprendiendo que ese “más” que las mujeres les piden no necesariamente es que duren y duren y duren… fantasía típicamente masculina; simplemente lo que las mujeres les piden siempre es más de otra cosa. Cuestión que desespera a los hombres y los lleva a defender como sea su espacio, frustrando a su pareja, no cediendo muchas veces en aspectos que parecen tonterías, pero en el fondo están defendiendo lo más profundo de su ser: su tener, tener control, tener poder.
Por último es necesario decir que esto se trata no de hombres y mujeres desde el punto de vista anatómico sino que de posiciones subjetivas. Esto permite que existan mujeres que se ubiquen del lado hombre de la relación y viceversa. Cuestión que de todos modos lleva a la disparidad del goce.

domingo, 9 de agosto de 2009

Discursos y prácticas en Salud Mental: confusiones y contradicciones


La noción de Salud Mental es actualmente sostenida por la hegemonía del discurso de la ciencia, predominando la psiquiatría como disciplina que define muchas veces el quehacer de la psicología; de allí que podemos escuchar en el imaginario colectivo cierta supeditación de nuestra disciplina- tanto en las categorizaciones como en las intervenciones – al saber médico. Cuestión fácilmente comprobable en las instituciones relacionadas con salud mental, en las que se constituye una psicología médica que se sitúa como “hermano menor” de la medicina.

Por otra parte, en salud mental se tienden a importar los conceptos y proyectos elaborados por la organización mundial de la salud, sin discusión de sus categorías, llevando muchas veces a generar intervenciones confusas y contradictorias. Principalmente nos encontramos con discursos sostenidos en el ideal cientificista que supone un determinismo de relaciones causa efecto, redundando en teorías generales sobre las categorías en salud mental: adicciones, depresión, ciclo vital, el dolor, etc.
En este terreno resulta necesario preguntarse por la coherencia de ciertas intervenciones avaladas por el discurso oficial en salud mental: como el quitar una droga con otra droga; o bien curar la depresión a través de la aplicación de un manual psicoeducativo. Por una parte es posible cuestionar dichas definiciones: se trataría de un problema de mala educación? Qué hay de la enseñanza Freudiana de que el psiquismo no es educable? Por otra parte, es posible cuestionar el rol del psicólogo relegado a “aplicadores” de protocolos o “reeducadores”.
La dificultad de quitarse el ropaje positivista resulta una limitación en la intelección crítica y creativa de nuestra disciplina. De allí la importancia en problematizar los discursos oficiales para develar los fundamentos éticos, políticos y epistemológicos a la base de clasificaciones, diagnósticos, intervenciones y nociones de cura en salud mental.