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sábado, 21 de abril de 2012

LA RUTA DE LA MIERDA


Tolerancia Cero, la guerra bien intencionada en democracia. No fumar, no beber, pero tampoco molestar al vecino, de eso se trata la primacía de lo privado, no perturbar al prójimo. Ese es el respeto hoy. Mi derecho a no tolerar la diferencia. Cada vez más parece que los humanos odiamos a los humanos y sus miserables comportamientos demasiado humanos. Cuestiones que alguna vez tuvieron que ver con la integración y la posibilidad del encuentro, hoy se sancionan como el Enemigo Interno de la sociedad.

El Enemigo Interno -que por cierto, como en toda segregación es tan interno y cercano- lleva a proyectar el mal en algún chivo expiatorio nuestra propia porquería. Un ejemplo es la Guerra contra las drogas.

No por nada la palabra pharmakon tiene una doble acepción: medicina y veneno. La droga no siempre ha tenido el mismo lugar en la cultura, el estatuto del consumidor varía de acuerdo del lugar político que el objeto droga ocupe en una sociedad. Mutó desde sus usos ritualizados, pasando por su uso como facilitador de la integración social, hacia la figura del enfermo moral, el enfermo víctima, hasta el delincuente: una verdadera ruta de la mierda.

Como ejercicio de resistencia frente a la naturalización de la satanización de la droga, vale la pena preguntarse por los criterios que definen quién es un adicto, quién un enfermo, quién un criminal. Claramente, se trata de criterios más bien políticos que de salud. Qué define que el alcohol sea legal, la marihuana ilegal, que las anfetaminas y otros fármacos con potencialidad adictiva se comercialicen libremente durante décadas hasta que son reemplazados por otros (mientras algunos se llenan los bolsillos capitalizando las patentes farmacéuticas)?

Hoy quién es un enfermo y quién un criminal? Porque la diferencia es de orden cuantitativo, con cuánto andabas. Pero hay que preguntarse quienes son los que deben revender la droga para poder consumirla? Los pobres. Una vez más se reproduce la lucha de clases.

Paradójicamente, la toxicidad de muchas sustancias hoy es consecuencia de la Guerra contra las Drogas. La pasta base es un buen ejemplo: es el producto de la regulación del éter en los países productores de cocaína en Latinoamérica. El problema es que el objetivo de los organismos antidroga y del narcotráfico coincide demasiado: la ilegalización que lleva a elevar los precios y reducir la pureza de las sustancias.

Se trata de una guerra empapada de inmoralidad pero con rostro de una hipermoralidad. Porque todos, pero todos sabemos quienes podemos acceder a la medicina y quienes seguirán comiendo de nuestros desechos, envenenándose.

Por qué se nos dice que drogarse es inmoral, o a lo menos es un problema? Claro que lo es, cuando se trata de un exceso, o cuando las sustancias que circulan en el mercado negro son brutalmente tóxicas. Pero no se sancionan otros excesos avalados por nuestros ejecutivos financieros o por los rostros sonrientes de televisión.

Medicina o veneno? es una oscilación que va a depender en parte de quién sea el que consume. El problema es que ese quien, es alguien que cuelga de las consecuencias de la cultura contemporánea en la subjetividad: tolerancia cero al dolor, empuje al goce inmediato, evitación de las tribulaciones de la sexualidad con sus tira y aflojes, preferencia por el autoerotismo y la búsqueda de la felicidad en lo objetos del Mercado. Todos adictos entonces? Más o menos sí.

El negocio está en prohibir algo que al mismo tiempo se promueve en el discurso social: la estupidez – por eso los estupefacientes son una tan buena alternativa- la estrechez de pensamiento.

De ahí que el problema de las drogas sea principalmente una cuestión política cuyas más nefastas consecuencias sean efecto de la cruzada moral contra las drogas. Crimen, intoxicaciones, y lo más perverso de todo: la reproducción de la desigualdad. Caviar para algunos, mierda para los de siempre. Inmoralidad legitimada para algunos, cárcel para los de siempre.

Es posible pensar una sociedad sin drogas? eso llevará a nada más que a darle más poder al poder, de ambos lados de esta guerra. Se trata de pensar al mundo sin adictos? Tampoco, todos somos adictos a veces. La adicción es bastante más amplia que el consumo de drogas ilícitas…

El consumo de drogas no es un crimen ni una enfermedad. Mientras que la adicción –cualquiera que esta sea, más allá de las sustancias ilícitas- genera dolor. Si hay algo que cualquier a-dicción implica es el desafío de dejar la compulsión, por la palabra. Cuestión muy distinta a quitar forzosamente una dependencia para lanzar al sujeto a las mismas condiciones que lo llevaron a ese punto, como también de sustituirla por alguna otra que suene tan bien que podamos comentarla con orgullo en la misa del domingo.