sábado, 30 de julio de 2011

ENTRE LA PESADILLA Y LA BROMA

El infiernosegún Dante
Nada más horroroso que al quejarnos y gritar con indignación “llame a su jefe!”, encontrarnos con que aquel mequetrefe al que despreciamos era el primer escalafón de la jerarquía. 

Experiencia que puede ser casi siniestra, en la medida en que pone en juego la enfermedad mortal del neurótico: la caída del gran Otro que hacemos existir.

Esta operación es central en nuestro drama existencial: nuestra falta de fundamento. No somos por nada y para nada esencialmente. Carencia que nos lleva a buscar justificaciones, pruebas de existencia; algo así como “nuestra misión”, el “estamos por algo”.  Como si la existencia fuera algo del orden de lo necesario.
Al buscar justificaciones para nuestra existencia, demandamos a otro ser algo para él.  Así hacemos existir a un gran Otro. Uno del cual esperamos respuesta, pero sobretodo reconocimiento. 

Como en el ejemplo del jefe. El supuesto empleado no nos sirve, nos ofusca porque nos trata como a uno más, no somos nada para él. Él sólo cumple con las  normas que son iguales para todos, no hay excepción. Qué esperamos nosotros? Que exista uno que si sepa reconocer nuestra queja, en el fondo que somos especiales. Claramente ese otro debe ser uno ideal, Otro que esté a la altura de reconocer esto.

Se darán cuenta de que el amor es un lugar privilegiado para darnos existencia.  Ser algo para alguien. Todos sabemos lo difícil que es despachar a un pobre enamorado que no nos interesa,  por el valor que tiene ser preciados para éste. El “Existo porque Dios me ama” puede entenderse en este mismo sentido.
La consecuencia de esta dependencia al Otro, encarnado en alguien, institución o idea, es nuestro sometimiento. Sometimiento con-sentido que explica lo que Freud llamaba “Los que fracasan cuando triunfan”. Vocación de segundón del neurótico, quien se apuna a las puertas del éxito. Como si el ir más allá del ideal fuera estar en contra del Otro. 

Superar al Otro del ideal, al padre, la institución, la ideología, se vive como una traición que desdibuja el lugar de referencia y arroja al sujeto a la soledad del “haz lo que se te dé la gana”. Lugar que en nuestra fantasía lleva a suponer el exceso, el perder (ser) en el descontrol.

De ahí que muchas veces preferimos el beneplácito del jefe que ir más allá de él. Preferimos que éste nos ame, o preferimos odiarlo y justificar nuestro malestar en su nombre.

Luego de siglos de injusticias en la civilización, la teoría política no puede suponer que el poder de sometimiento es una cuestión solamente exterior, de un imperio – por cierto, del lado que sea-  que somete y obliga. A lo menos habría que suponer que en algo coincide con la estructura neurótica del sujeto.

Transitamos entre el deseo y el exceso. El deseo no consumado en la medida en que nuestro Otro opera como límite a no trasgredir. El exceso como fantasma del ir más allá de la ley del Otro.
Cuestión que es capitalizada en el discurso capitalista científico, el que nombra, o mal-dice aquello que transgrede su ley con etiquetas que van desde la enfermedad al terrorismo.

Esta lógica de sometimiento explica nuestra vocación al sacrificio para permitirnos algo del goce: es posible tomar alcohol después de “sacarse la mierda” trabajando; sentirse bien después de someter -a veces al límite- a nuestro cuerpo en el templo de la gimnasia.  A la lógica tras esto Lacan le llama plus de goce, Marx plusvalía. 

Por otro lado, cosas como escaparse del trabajo e irse de parranda o quedarse en cama sin hacer nada tienen como destino la culpa. De ahí el paso a merecer castigo es corto, a veces entregándonos más al sometimiento a la ley, a veces entregándonos más al exceso “para tocar fondo”. 

El éxito, en este contexto, es vivido muchas veces como algo que hay que cuidar y agradecer ya que el destino (otro nombre del gran Otro) nos dio la oportunidad. Si lo perdemos es entonces porque no estuvimos a la altura de nuestra encomienda divina y nos merecemos el castigo y aspiramos a una redención. Algo así como el rock star o el futbolista rehabilitado que vuelve al camino del Señor.

…y en eso nos pasamos, entre la cobardía y la culpa. Entre la pesadilla de perdernos en el exceso y la broma de esperar referencia de Otro al que se le paga con sometimiento.

El psicoanálisis opera en contra de esta divina comedia. Ya que no apunta a obturar esta falta de fundamento, ni llenarla de autoestima, ni de un conocerse a sí mismo (que siempre apunta a conocer lo bueno de sí); sino que lleva a un sujeto a interrogar todas sus dependencias a ideas, padres, amores, destinos y castigos recurrentes. 

No busca nuevas metáforas más benignas de lo necesario. Supone la contingencia, algo así como: si le fue bien o le fue mal no significa nada. Ni que se es top ni una basura, ni que los dioses están de mi lado ni que me odian. Simplemente una mezcla de circunstancias que un hacen que un día sea gris y otro brillante. Asume que todo lo que sube tiene que caer…pero puede volver a subir un rato más.

Se trata de un dispositivo ético, que interpela a un sujeto en su deseo y a vérselas de frente con la ley de su corazón (Hegel).  Ley que no acepta el universal de lo necesario, de lo que tiene que ser porque así son las cosas. 

La caída de lo necesario, del padre ideal, de Dios implica perder el amparo neurótico, pero permite sobrepasar el destino sin someterse a los designios del horóscopo. 

No todo está escrito.

sábado, 4 de junio de 2011

Inventar –se una habitación propia

Algo de dinero para comer y una habitación propia que permita estar libre de las demandas de otros, es según Virgina Woolf, lo que una mujer necesita para escribir.
Esta es una idea que me tiene cautivada.
Entiendo escribir también como crear, y esto a su vez como pensar, pero pensar en tanto ejercicio de apertura hacia lo que me excede. Apertura de pensamiento, que antes que una ruptura con el otro (pensar distinto a los demás) se trata de una ruptura consigo mismo.
A qué auto-ruptura me refiero?
La queja y pretensión de evitar las solicitudes y presiones que recaen en mí, no es más que una ilusión. Ya que la estructura de la demanda implica que ya he hecho existir a un Otro (sujeto, ideal, teoría, práctica, etc) a quien le otorgo el poder de demandarme y por cierto, al que le exijo respuestas.
Ese gran Otro, se configura como el lugar del que espero reconocimiento, en el que me atrinchero para darme una identidad o una insignia; coartada ideológica o espiritual de mi sometimiento. Gran Otro que se convierte en Ley y como toda Ley, tiene su punto loco que es su contrario (como el sadismo tras la superioridad moral, la búsqueda de un nuevo amo en la emancipación, el egoísmo en el altruismo).
 Para Freud la Ley es una pulsión encubierta, de ahí que tenga su lado obsceno, imponiéndose como ideales imposibles de cumplir, resultando la culpa y el autocastigo irreductible. J. Alemán en su “Izquierda Lacaniana” plantea que la verdadera fuerza conservadora, no pasa sólo por las instituciones explicitas, ni por la ideología, también por la propia estructura del sujeto, en su masoquismo moral por ideales: conjunción entre el sujeto y la ciudad. Pero ahí, estaría justamente la oportunidad política: en la comprensión de lo ilegitimo y contingente de los ideales totalitarios. Fisura entonces, que abre espacio a una nueva invención.
Entonces la auto-ruptura sería como el desarreglo entre el sujeto y su Otro. Como ruptura con la compulsión a lo ideal y totalitario. La habitación propia puede ser concebida como el vacío necesario para la invención. Vacío posible en la medida del desprendimiento de mis propias ataduras, ruptura con las insignias del ser. De ahí quizás la alusión de la Woolf, a la necesidad de dinero para comer y no a la necesidad de otras chapas: títulos, artilugios, reconocimientos…Títulos que no pocas veces sirven de obstáculo. Ella afirmaba que la “virtud” y la “virilidad” inhiben el pensamiento. Claro, hay demasiado que cuidar.
Si hay algo que me convoca del psicoanálisis es justamente la apuesta de un empuje a un más allá del Otro, de la virtud, de la virilidad. Aunque paradójicamente en el “mundo psicoanalítico” se repite la necesidad de llevar las insignias bien puestas.
Pienso el análisis mismo como una habitación propia, en el más radical sentido de la ruptura de la demanda: no se me solicitará ni ser bueno, ni adaptado, ni cultivar el apego, ni tener buen sexo; pero tampoco se me responderán mis demandas con soluciones, reconocimiento ni afecto. Supongo que por eso mismo hoy no ha de ser de lo más popular, si se trata de la inmediatez de las respuestas, de la evitación del dolor. Sin embargo, muchos descubren que mejor que un diagnóstico y ser llenados de definiciones es el espacio para la invención. Por eso que el psicoanálisis no es una “terapia” más, ya que implica un ética y una estética de la existencia distinta a la idea de la ciencia de arreglar los des-perfectos humanos.
Po último, pienso en la habitación propia como la experiencia de lo no todo dicho, la no toda identidad, los textos multívocos, las preguntas que no tienen una respuesta preconcebida, lo particular, aquello que no busca compulsivamente seguridades neuróticas.

lunes, 16 de mayo de 2011

El Fascismo de la opinión


Un paso tuyo es el alzamiento
De los nuevos hombres y su puesta en marcha
¡Tu cabeza se aparta: el nuevo amor!
¡Tu cabeza se vuelve: el nuevo amor!
Rimbaud, (‘A una razón’ en Obras Completas)

Polémica más que debate es lo que se ha generado frente a temas que se encienden públicamente. Aparecen generalmente dos bandos: los malos y los buenos. Claro, bajo diversos nombres  (fachos vs comunistas, empresarios vs ambientalistas, buenas madres apegadas y las malas desnaturalizadas, etc).

Hoy frente a Hidroaysén si estás a favor eres capitalista, empresario malo, si estás en contra eres responsable con la naturaleza o un hippie de mierda (depende desde donde se mire).

Lugares identificatorios que desafortunadamente generan una interdicción del pensamiento. Es cierto que se puede pensar en cuestiones acéfalas como cifras, técnicas, o bien, en como derrotar a mi enemigo atacándolo personalmente. Todo en una contienda que confunde, intoxicando con información. Resultando necesario ubicarse en un bando por doctrina, a veces algo a ciegas, ya que necesitamos referencias y guaridas.
Pero si sostenemos la idea de pensamiento como apertura hacia el Otro, es decir hacia aquello que excede mis límites, donde “la tierna seguridad del yo tiembla y vacila” (Jean- Luc Nancy en su colección de filosofía para niños “La cebrita filosófica”), es ahí donde atestiguamos el fracaso en nuestras polémicas. Cayendo muchas veces en cegueras y sorderas dogmáticas. 

En el de-bate de anoche (15-5-11) del programa Tolerancia Cero en lo único que estaban de acuerdo Sara Larraín y Daniel Fernández era que ninguno tenía ninguna voluntad de escuchar al otro. Luciendo ese tipo de diferencias que se van diluyendo en el tiempo, o siendo alguna postura absorbida por la otra.
 Me refiero a los argumentos técnicos herméticos y no comparables entre sí, para el auditor común, ataques personales e ideas autistas que nadie se encarga de explicar. En la lógica del bueno y el malo, generalmente las contradicciones y las diferencias se borran. Algo así como las cada vez más difusas diferencias entre las grandes coaliciones políticas. 

Muchas veces en las ideas más que diferencias encontramos un gran punto en común: el ideal de completud, de la aspiración a lo definitivo, base de la ideología.

La ideología se parece al amor, pero al amor neurótico. Éste último repite una y otra vez el intento de encontrar un ideal (la relación y la pareja perfecta), haciendo de la contingencia una necesidad, transformando a mi Otro en uno ideal y completo. El borrar cualquier fisura en el Otro, tiene el costo de mi propio sometimiento.  

El punto es que la historia no se termina ahí. El amor de esta manera es un fracaso garantizado. El desencuentro va provocando decepción, desesperación, a veces hasta el límite de la violencia extrema. Cual ideología.

Así, el amor neurótico como la ideología operan como una suplencia, como un tapón de la falta, de la fractura irreconciliable entre los sexos (por cuestiones de estructura), entre la idea y la cosa, en la clausura total de cualquier idea-proyecto. 

Lacan desarrolla la idea de un nuevo amor, como apertura a la contingencia más que a la necesidad del universal. Algo así como a encontrarme con eso del otro que no es lo que espero de antemano, apertura a la sorpresa.  Que el otro sea más que un objeto de mi fantasma, más allá de buenos y malos, más allá de ficciones totalitarias. 

La posibilidad de pensar y debatir está en la medida en que se puedan superar las pequeñas diferencias y las guaridas identitarias, por cierto en que no exista temor a ser violentado en el ejercicio mismo del pensar. Arriesgándose en lo que puede sorprenderme. Renunciar a la competencia por modelos “verdaderos y definitivos”, porque el amor a la naturaleza puede ser igual de fascista que la obsesión por eliminar la delincuencia.

Por último, hay que reconocer que es un muy buen síntoma el que haya polémica, superando quizás la peor de todas las ideologías: la que supone que no hay más historia, ni malestar. La pregunta es cómo evitar transformar estas luchas en nuevas repeticiones reabsorbidas por la hegemonía. Para esto no tengo respuesta, pero supongo que algo conmoverá el que se politicen los problemas y el acentuar el valor de la democracia participativa.

martes, 12 de abril de 2011

NO TODAS IBAMOS A SER REINAS

Las niñas buenas no se mosquean, decía mi madre; no te van a tomar en serio, busca a alguien que te merezca, pareces suelta…. Siempre nos lo advirtieron. En el fondo ninguna quiso ser la puta, pero por alguna razón no todas íbamos a ser reinas: sólo la Cenicienta Gabriela, sólo ella.


Toda mujer sabe -más o menos conscientemente- del escollo de la sexualidad masculina: la división femenina entre princesas y putas. De ahí que una mujer suela sostener el gastado “yo no soy como las otras”, generalmente refiriéndose a que no es fácil sexualmente. Aunque hoy existen las otras que afirman “yo no necesito amor para tener sexo como las otras”. Sin embargo, ambas pueden padecer del mismo mal de amor: su príncipe no las elige.

Ese será el cometido de este histérico post: explorar los secretos de la elección del príncipe.

De los cuentos tradicionales podemos recoger ciertas recurrencias: el príncipe escoge a la mujer muda, débil, pálida, víctima, empobrecida. Cenicienta el paradigma. Sabemos desde el psicoanálisis que la mujer ideal del hombre es la mujer que porta el rasgo de la falta: pobre, tímida, a veces desafortunadamente, golpeada por él o por otro. J. A. Miller dice que también la puede buscar poderosa, rica; pero con la condición de que este rasgo aparezca como ilegitimo, como una excentricidad que no le pertenece.

Cómo podría operar esto en los tiempos en que la mujer no juega a la dama en peligro? Tal vez bajo la figura de la loca extraviada, deprimida, perdida, donde el hombre vendría a jugar al orientador.

Pero hay otro rasgo que es posible tomar de las Cenicientas: el lugar del padre. Existen versiones antiguas de este cuento popular (previas a la edición de Perrault para la corte) donde aparece una Cenicienta incestuosa, incluso asesina de la primera madrastra. Lo que queda en todas las versiones, incluso en las más recatadas, es que se trata de la hija amada del padre. Una hija histerizada por el padre podríamos decir. Esa hija que sostiene al padre como el verdadero hombre, el ejemplo, el héroe; tomando más fuerza si éste está muerto.

En general se trata de padres narcisos que seducen a sus hijas y dificultan que éstas encuentren un hombre que esté “a su altura”. Padres no criticables, en tanto su impotencia y falta están veladas por el respeto al “ex combatiente”: el que ya hizo sus méritos y no tendría que demostrarle nada a nadie, además ya es muy viejo para combatir.

Sabemos que muchas veces un hombre se interesa por el hombre que está detrás de una mujer más que por ella misma. Algo así como el yerno fan de su suegro; quedando nuestro príncipe generalmente reducido a    un mequetrefe. Así, a veces la estupidez masculina busca algo así como una “niña de familia”, “la hija del doctor”. Hasta que se da cuenta que no se trataba más que de un “dostorss”…

Generalmente a una mujer sola no se la respeta, es de lo que se quejan las mujeres separadas. Para el psiquismo masculino, vendría a representar a una mujer demasiado disponible….de ahí el rápido desplazamiento a puta.

Hay mujeres que sospechan algo de esto y tiran la alcurina sobre la mesa o algo así como “los valores” (lo que no es más que una pésima relación a su devenir libidinal). Pero hacerse la cuica, no garantiza nada. Esto lo podemos verificar en las hermanastras feas de Cenicienta. Me parece que esta confusión se acentúa en un país como el nuestro, donde el querer ser aristócrata es tan importante para eclipsar el hecho de que venimos de los españoles perdedores lanzados a las tierras que nadie quería venir.

Tampoco se trata de hacerse la monja, de esto nos pueden hablar las femme fatal del cine, altamente deseadas por los hombres. De éstas últimas, podemos decir que su rasgo común es que son siempre de otro hombre (generalmente de la mafia), no necesariamente del padre. Eva quizás es el mejor ejemplo: estaba seducida - más que por Dios padre- por la serpiente. Podríamos decir que la clave de la condición femenina es ser de Otro, o mejor dicho: no-toda para el príncipe.

Quienes son las hermanastras feas entonces? O las que pasan un día de ser reinas a putas? Yo diría que las ansiosas por tener, tener un hombre, sobretodo si tiene “pelotas”, de ahí el error de nuestra Kenita. Creen en el tener, tener linaje, tener dinero, tener pechugas, todos semblantes del “yo tengo”. Por eso creen tanto en que el hombre tiene. Son las que creen en la obsesión masculina de que el tamaño importa. Mujeres que terminan jugando al juego de la igualdad con el hombre: le administra los bienes, se los cuida; la mejor amiga de los hombres. Las que se entregan sin valor de diferencia.

No es que una mujer no pueda tener “pelotas”, pero a las Cenicientas no es todo lo que las representa, más bien no le importa. Recordemos que las Cenicientas están siempre algo extraviadas –no sólo perdidas en el bosque como cree el príncipe- sino que en Otra. En otra que las buenas razones fálicas.

Dedico esto a todas las que sufren por amor, las que creen que son un buen partido pero no matan ni una mosca.

martes, 22 de marzo de 2011

De héroes y otras tumbas








Para mi hermana del alma




Conmovedor es la palabra que se me viene a la cabeza frente al testimonio de James Hamilton, víctima de Fernando Karadima, en Tolerancia Cero. Como atea practicante, mi percepción respecto de la institución eclesiástica no cambia demasiado; más bien lo que me interpela es la humanidad del acto de Hamilton.

Humanidad, en tanto que en su relato-denuncia se autoincluye como sujeto sexuado; desmitificando la distinciones higienizadas entre víctima y victimario. Asumirse como sujeto sexual es una de las parte más duras en alguien que es abusado, generando confusión y una culpa aniquilante. Culpa descomunal, que es además alimentada por ese sentido común cruzado por la ideología de la estupidez que supone que las cosas son blanco o negro. Le gustó o no le gustó?, “ella lo provocó”, “él es gay”, en fin rótulos que desde la irresponsabilidad sirven al encubrimiento perverso.

Un abusado no es muerto (aunque a veces por la culpa, viva como si estuviera muerto). Siente. Se enreda. Se pervierte. Sin embargo, aunque las cosas puedan no ser asépticas, hay algo que es fundamental: cuando se toma a alguien sexualmente bajo una relación de poder, eso es un abuso.

Por eso es importante no confundir estos abusos como un problema de “homosexuales hipócritas” sino que se trata de psicópatas encubiertos. Las instituciones que avalan la jerarquía y el poder sin cuestionamientos, y que toman a sus subordinados, súbditos o hijos como objetos; son espacios de caldo de cultivo para la perversión. Está lejos de ser un problema sólo de la iglesia: ya que un cura, “el papá”, el profesor o el gurú de cualquier patraña seudo oriental puede tener estatuto de representante de lo absoluto para un sujeto.

Acá me encuentro con un problema fundamental: lo absoluto. En la medida en que se cree en Otro (sí, con mayúscula): persona, institución, ideal, como algo superior desde el punto de vista de lo perfecto, total, absolutamente necesario; se generan dependencias, fusión, confusión. Creer en Otros absolutos puede provocar violencia hacia otros y hacia sí mismo (en la medida en que no se alcanza el ideal), así como el terror de luchar contra ellos.

Si bien nos encontramos en tiempos de la caída de los absolutos, hay quienes sostienen que para resolver las crisis de hoy se necesita volver a los autoritarismos. Nostalgias reaccionarias que insisten en seguir creyendo en tonterías; en seguir otorgando poder al lazo perverso.

Yo prefiero que el Otro no exista, al menos no en su versión totalitaria.

Con esto no digo que no se pueda creer en nada, siempre se puede amar a los otros. Pero desde el psicoanálisis sabemos que la condición del amor – no de la obsesión ni de la cautivación perversa – es que el otro muestre su fisura, su imperfección, su humanidad para encontrar un lugar ahí.

Por último, antes que heroico me parece que es un acto ético el de los denunciantes. En tanto que los héroes aman lo absoluto, mientras que los actos éticos son solitarios y tienden a ser víctima de lo absoluto. Bueno, eso ya es tema para otro artículo.

lunes, 24 de enero de 2011

PORTARSE MAL

Suele ocurrir que el sexo previo al matrimonio no se equipara al posterior al contrato. Por qué? Porque el primero es ilegal.


El goce está en esas pequeñas ilegalidades: tener sexo oral en el auto, robarse un dulce del servicentro, pelar a otros. Las normas están hechas para eso, por eso deben existir. A veces éstas fallan y hay sujetos que deben buscar esos límites por trasgredir demasiado lejos….

Pero en quienes la ley opera, ocurre que triunfa la culpa o la buena educación.

En la pareja dos típicos caminos de los bien educados: deslibidinización de la pareja, enfocándose principalmente o convenientemente en los hijos ó el hombre (generalmente él) comienza a querer portarse mal pero con otros hombres, de ahí un paso más y es con otra mujer. Hombres que comienzan a llegar tarde para que su mujer los rete, luego se quejan de que éstas son brujas. Hoy al menos, las mujeres también pueden buscar portarse mal con otro, aunque aún penadas socialmente: putas o locas, la misma historia.

Si ud, es una bruja, quería llegar a esto? mire a su hombre, seguro él tuvo que ver con eso. Un hombre siempre quiere que la mujer “haga caso” y que se porte bien. Tan bien que luego las transforman en su ley a transgredir: ella la madre de sus hijos, tan buena. Excelente figura para gozar-sufrir mintiéndole.

Desde otro punto de vista la obsesión por portase bien también genera la trampa neurótica de quien prefiere la injusticia a la libertad. Es decir, pagar con sometimiento a un padre (jefe, Dios, otro superior, etc) a cambió de una supuesta seguridad. Supone que ese Otro ante quien se porta bien le retribuirá con justicia. Sin embargo, lo que ocurre realmente es que se queda a merced de otro que a su vez está atravesado por su propia neurosis, por sus intereses, por su libido, etc de manera que por estructura nunca será justo. Por eso quien vive (o muere) esperando retribución por ser bueno: cagó. Pero algunos prefieren eso antes que el vértigo de la libertad, la libertad posible por cierto.

Otros se amparan en artilugios neuróticos funcionales para gozar un poco, por ejemplo el racional científico: justifican “científicamente” conductas que rechazan moralmente. Sin embargo, ocurre que al tratarse de conductas prescritas por la ciencia pierden su potencia subversiva y más bien idiotizan o se convierten en una nueva presión: hay que durar más de no sé cuantos minutos…

Por qué los adictos no mejoran casi nunca? Porque se les quita su forma de gozar. Si bien existen muchas clases de adicciones, generalmente ocurre que el goce aparece desde que piensan en ir a comprar; ahí comienza el circuito de ilegalidad que los lleva a sentir “adrenalina” (eso que algunos suponen que se trata de una satisfacción química, nosotros le llamamos goce, así no más). Se trata de saber hacer algo con ese resto a gozar, no sólo quitarlo. Cuando alguna técnica terapéutica apunta a adaptarse, enseñar a relajarse, por más neohippie que sea, se trata de un discurso de domesticación más: pórtese bien, pero anestesiado o “relajado”.

El psiquismo no es educable decía Freud. Nosotros decimos aprenda a portarse mal, sin hacerse tanto daño.

Por último, entienda de una vez que eso que le enseñaron sus padres: o bien ellos tampoco lo hacían o si lo hicieron tuvieron una vida aburrida y nostálgica “de aquellos buenos tiempos donde si fueron…” (aquellos que siempre hablan de su pasado, ahí donde sí se habrían portado mal).

martes, 18 de enero de 2011

No - Toda Biopolítica

“Aún el más miserable paciente puede tener alguna decisión con respecto a su prescripción. Es algo que define su humanidad”
Virginia Woolf en Las Horas


La vida definida por su finitud es permeable al poder y al temor a la muerte.

Cuando la vida es definida como la acción de preservación biológica, la vulnerabilidad toma protagonismo y cuando ésta se torna una preocupación de Estado la biopolítica se instala en el podio. Biopolítica como administración de los cuerpos, de la vida, la muerte, la salud, el bienestar, la reproducción. Todo bajo un silencio ominoso e insolente.

De qué se trata vivir entonces? De mantenerse vivo, aunque se trate de un muerto vivo – por eso la eutanasia y el suicidio son ilegales. Se trata de encontrar hasta el último secreto en nuestros cuerpos, en nuestro adn: como si ahí radicara la verdad, la verdad de la paternidad por ejemplo, como si eso fuera un padre. La verdad de nuestro comportamiento en nuestros neurotransmisores, nuestra energía en las bebidas energéticas. Las clases de historia ya no importan; a la revista “Tendencias” le parece que el ser humano no se distingue genéticamente más que en un 20% a una sandía. En fin un mundo ideológicamente desideologizado.

Se vive como si la vida fuera una cuestión de esencia, como dice Agamben: la vida nuda. La vida anterior a cualquier cobertura política, la vida porque sí (mi hija de cuatro años me dice que porque sí o porque no, no es una respuesta…). La vida desideologizada, hiperbiologizada, una sandía.

La biopolítica supone que existiría un absoluto: una sociedad reconciliada consigo mismo, un cuerpo que funcione al compás de la bioquímica, un mundo sin delincuencia, un mundo sin malestar en la cultura. A partir de estos ideales legitima su violencia; quizás peor aún, nos prescribe como gozar.

Si se trata de vivir ante todo -aunque sea bailando con los que sobran- aparece el miedo, el miedo a la muerte, a la diferencia, al otro. Pánico social, crisis de pánico. El poder se fortalece.

Pero la humanidad no está en las células, está en el cuerpo, pero en uno diferente al definido por el discurso técnico- capitalista. Tampoco se trata de aquel definido por las nuevas tecnologías alternativas, las que también trabajan sobre el cuerpo definido por el Amo. Se trata de aquel que paradójicamente aparece en las cada vez más proliferantes series de medicina –las que justamente se tratan más del acontecer libidinal de los batas blancas que de vísceras. Ese cuerpo: el sexuado, el del psicoanálisis, ese resiste a la biopolítica.

Aquel cuerpo singular, donde sus partes no siempre operan en función de la necesidad biológica. Una boca que no sirve sólo para comer, la comida que no opera sólo en su valor nutricional, una palabra que no siempre dice lo que el diccionario define, un alcohol que no sólo sirve para desinfectar, un zapato que para una mujer y a un fetichista no le interesa en su función de protector de un pie. En fin, cuerpo loco, singular que resuelve su acontecer pulsional, su encuentro con la cultura en su propia loca manera.

Cuando la vida es elección se torna humana, singular.

Ahí donde la biopolítica apela a una salud que conviene a criterios económicos, hoy un psicoanálisis propone aceptar nuestra la locura de cada día, antes que cualquier uniformidad.

Cómo puede ser un ética basada en el no-todo psicoanalítico? Un no- todo que supone que no hay consistencia del ser, no hay relación perfecta, no hay sociedad reconciliada consigo misma, ni sujeto reconciliado consigo mismo.

Una ética del acto singular, del acto sin garantías, de hacer lo que hay que hacer. No por el ideal de completud, ni por la ley de Otro. Generalmente se trata de actos íntimos, no de acciones trasvestidas de heroísmo. Heroísmo que apela al ideal de reconciliación; Unidad Nacional clama hoy nuestro gobierno; hasta día de la suegra inventaron ahora…

Vuelvo a ver las horas…mujeres, “Aún” siempre mujeres, actos de dignidad cautivadora.